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Es impresionante ver, desde nuestras casas, la desolación resultante en Japón tras el temblor de tierra y posterior tsunami acaecidos hace ya casi dos semanas. Por un lado está la devastación material, más que evidente, pero por otro se encuentra la desolación personal, quizá menos evidente por las peculiaridades culturales de los orientales en cuanto a la expresión de sus sentimientos.


Es por tanto, significativo, quizá más que en otras ocasiones, ver como algunos japoneses lloran desconsoladamente mientras tratan de encontrar algún resquicio de esperanza entre los escombros. A día de hoy, y en espera de las actualizaciones de datos que se producen a diario, los muertos ascienden a más de 8000 personas, en espera de confirmar cuál ha sido el sino de los más de 13000 desaparecidos. El país está desolado, material y psicológicamente. Y a todo ello se añade una presión más, como es el miedo a una posible catástrofe nuclear y a las consecuencias médicas y ambientales que ello conlleva.

 

Tal panorama apocalítptico traerá consigo numerosos efectos negativos en el estado psicológico de los japoneses. Probablemente, ahora se encuentren en tal situación de alarma que estos efectos de los que hablo ni siquiera comiencen a manifestarse, pero sí es cierto que, tarde o temprano, muchos de ellos padecerán el llamado Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT a partir de ahora). ¿Qué es el TEPT?  Se trata de una serie de síntomas padecidos por personas que han estado expuestas a situaciones traumáticas y que han respondido a ellas con horror, temor o desesperanza intensos. Estamos, por tanto, frente a un TEPT masivo que provocará en sus víctimas pesadillas, reescenificaciones de lo sucedido, sensación de despersonalización, respuestas de sobresalto, hipervigilancia o malestar al exponerse a estímulos que recuerden la tragedia (de ahí que en Japón hayan detenido la publicación de un videojuego en el que se recreaba un grave terremoto en Tokio), por nombrar algunas de las posibles consecuencias. En los niños, esta sintomatología incluye, además, una conducta totalmente desorganizada y alterada.

¡Qué trabajo tiene por delante el pueblo japonés!. Además de reconstruír sus casas, sus barrios y sus industrias, tendrán que reconstruírse a ellos mismos. Les toca luchar contra esos fantasmas del pasado que, probablemente, los perseguirán durante mucho tiempo. Tendrán que esforzarse notablemente para combatir el miedo, ese miedo que es tan fácil revivir debido a las condiciones sismológicas de la zona... Sin embargo, veo los telediarios y me sorprendo. Pienso qué momento encontrarán para ocuparse de ellos mismos, para trabajar por curarse. Para ellos, lo primero es su comunidad y, probablemente, hasta que vuelvan a levantar Japón como el gran imperio que es, dejarán esos miedos y frustraciones aparcados. Para ellos, eso puede esperar. Será duro, muy duro enfrentarse cara a cara con los recuerdos porque, durante mucho tiempo e inevitablemente, la vida de millones de personas girará en torno al 11 de Marzo de 2011. Pero estoy segura de que lo conseguirán.

¿Cómo créeis que reaccionaría una sociedad como la nuestra ante una catástrofe de este calibre? ¿Consideráis que tomaríamos la misma decisión que los japoneses, anteponiendo el bienestar común al bienestar personal? ¿Cuál es vuestra opinión con respecto a esta peculiaridad de muchas comunidades orientales?. Como siempre, aquí tenéis espacio para reflexionar sobre todo ello.

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Iria Malde Modino

PSICÓLOGA · Colegiada G-3915

Licenciada en Psicología por la Universidad de Santiago de Compostela.

  • Máster en Psicología Infantil
  • Diploma de Especialización en Elaboración de Informes Periciales

Colaboradora con publicaciones en portales de psicología, artículos en prensa nacional, programas de radio, charlas y talleres en centros escolares y asociaciones.

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  • Psicóloga Acreditada para el Ejercicio de Actividades Sanitarias